La tecnología evoluciona con la intención de hacer más fácil nuestro día a día. Pero, a veces, puede convertirse en un enemigo de nuestra productividad personal y también de nuestro bienestar.

El término tecnoestrés surgió en 1997 cuando Larry Rosen y Michelle Weil escribieron un libro del mismo nombre en el que definían este nuevo trastorno del siglo XXI. El Observatorio Permanente de Riesgos Laborales de la UGT lo define como el “estrés provocado por la exposición continuada del uso de nuevas tecnologías de la información y comunicación (TIC) como Internet, los móviles, la televisión digital o el teletrabajo”.

¿Cómo se manifiesta el tecnoestrés?

Según el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, el estrés asociado al uso de las nuevas tecnologías se manifiesta de tres formas distintas:

  1. Tecnoansiedad. Desconfianza y sentimiento de incapacidad ante el uso de las TIC que se manifiesta en el miedo a usar nuevos dispositivos o programas.
  2. Tecnofatiga. Cansancio o agotamiento mental por el uso continuado de este tipo de tecnologías que provoca una sobrecarga de información en el usuario.
  3. Tecnoadicción. Uso compulsivo durante largos periodos de tiempo en cualquier momento y lugar que provoca una fuerte dependencia de las TIC.

¿A quién afecta?

El tecnoestrés ya afecta a uno de cada tres españoles. Aunque los jóvenes son más proclives a sufrir este tipo de trastornos, cualquier sector de la población puede padecer tecnoestrés, especialmente en el ámbito laboral.

Necesitamos la tecnología para desarrollar gran parte de nuestro trabajo. Pero el estrés llega cuando somo incapaces de desconectar. Aunque salgamos del trabajo seguimos contestando correos a través de nuestro smartphone y no soportamos la ansiedad de estar incomunicados.

¿Cómo evitarlo?

Hay estudios que buscan formas de medir el tecnoestrés en las empresas para poder buscar soluciones que se adapten mejor a los problemas reales. Hacer un uso racional de la tecnología, eliminar las notificaciones constantes o hacer “siestas digitales” que nos permitan desconectar durante un rato evitarán que sintamos ese estrés.

Pero detrás de estos síntomas se esconde otro problema de fondo. Los problemas de tecnoestrés derivados del uso de las nuevas tecnologías no son más que el síntoma de una incorrecta organización del trabajo.

La tecnología no tiene por qué ser un enemigo si sabemos cómo utilizarla en beneficio de nuestra productividad y la de la organización. Implementar herramientas como Kiply que faciliten la adquisición de nuevas habilidades por parte de los empleados y detecten sus necesidades de formación nos permite personalizar el aprendizaje y eliminar la ansiedad y el estrés. También es necesario ayudarles a gestionar mejor su tiempo para que sean capaces de compaginar vida profesional y personal . Organizaciones y empleados tienen en sus manos la posibilidad de mejorar su productividad de forma sencilla evitando el tecnoestrés.

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Imagen: Christopher Adams

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