Hace sólo algunos años imaginábamos cómo serían los hogares del futuro. Pero ese futuro ya es presente y la tecnología se ha convertido en una herramienta imprescindible para nuestro día a día. Gran parte de la interconexión que rodea nuestras vidas se la debemos al Internet de las cosas.

Puede que el concepto te resulte extraño. Pero seguro que una pulsera que cuando sales a correr te informa de tus constantes vitales o realizar pagos con tu teléfono móvil no lo resultan tanto. El Internet de las cosas hace referencia a la interconexión entre personas y objetos cotidianos, una tendencia en expansión gracias, en parte, a las posibilidades que brindan los teléfonos inteligentes y los nuevos dispositivos. Se estima que en 2020 habrá más de 50 millones de dispositivos conectados, más que personas en el mundo.

Los objetos (mobiliario, electrodomésticos, prendas de vestir…) están provistos de unos identificadores únicos (UID) que constan de una cadena de datos numéricos o alfanuméricos asociados a una sola cosa y cuyos datos se almacenan en un sistema. A través de él podemos acceder a los datos en cualquier momento y conocer en tiempo real el estado de ese objeto.

Con un sólo dispositivo somos capaces de controlar desde cuándo queremos que empiece a funcionar la lavadora hasta saber si tenemos que comprar leche porque nuestro frigorífico nos lo avisa. A partir de una camiseta podemos plasmar nuestro estado de ánimo y compartirlo en Internet. Un simple reloj ya no sólo nos muestra la hora, sino que también podemos jugar, comprar, interactuar con otros e incluso pagar facturas o pedir hora en el médico.

La expansión del Internet de las cosas no sólo abre nuevas oportunidades de negocio y de innovación para la industria de los wearables y sensores. También nos conduce hacia un mundo en el que lo real y lo digital serán uno. Debemos ser capaces de extraer todo su potencial y beneficios para lograr una vida mucho más fácil llena de posibilidades.

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Imagen: Keoni Cabral

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