Vivimos inmersos en una cultura de adictos al trabajo. En las empresas de alto nivel (y en muchas otras también) hay que estar siempre disponible y la vida personal queda relegada a un segundo plano. Lo normal es trabajar entre 80 y 90 horas semanales, lo normal es ser un workaholic.

Fingir una semana de 80 horas de trabajo

Pero dentro de este ambiente en el que se exige lo máximo de los empleados, han surgido alternativas que buscan la conciliación a espaldas de la empresa. Es lo que explica Neil Irwin en su artículo del New York Times “How some men fake an 80-hour workweek, and why it matters”.

En este artículo habla sobre un estudio hecho por la profesora de la Universidad de Boston, Erin Reid. Tras analizar una importante firma de consultoría de alto nivel, Reid descubrió que había muchos empleados, especialmente hombres, que fingían trabajar más horas de las que realmente lo hacían para poder conciliar su trabajo con su vida personal. Aunque su estudio se centra solo en una firma, la autora asegura que hay casos similares en otras firmas.

El perfil de los falsos workaholics

En el estudio de Reid se distinguen tres tipos de empleados:

  1. Los workaholics reales. Siguen la cultura de la empresa y son verdaderos adictos al trabajo. Trabajan entre 80 y 90 horas semanales y están siempre disponibles para los clientes. Las evaluaciones de su trabajo son siempre positivas.
  2. Los que reclaman más flexibilidad. En este perfil encajan sobre todo mujeres con hijos que reclaman medidas de conciliación por vías más formales. Según el estudio, son castigadas en sus evaluaciones del desempeño.
  3. Los falsos workaholics. Ellos mismos gestionan su flexibilidad aunque no la piden explícitamente. Se hacen pasar por workaholics y son igual de valorados que sus colegas más integrados en la cultura de la empresa. El 31% son hombres y el 11% mujeres.

Ya sea cubriéndose entre compañeros u organizando su trabajo según sus necesidades, los falsos workaholics consiguen sacar algunas horas para estar más cerca de sus familias. Al utilizar métodos de flexibilidad no oficiales éstos no tienen efectos en las evaluaciones que la empresa hace de su trabajo.

¿Por qué importa?

Los falsos workaholics tuvieron evaluaciones igual de positivas que aquellos que realmente trabajan 80 horas semanales. La empresa valoraba a sus empleados por las horas que “parecían trabajar”, en lugar de por las horas que realmente trabajan. Es decir, no valora que un empleado sea realmente productivo, sino que esté dispuesto a dedicar su vida a la firma.

Pero la persona que trabaja 80 horas a la semana no está necesariamente sirviendo mejor a los clientes que la persona que trabaja 50. El problema no es que los falsos workaholics finjan  devoción a su trabajo sino que, como señala Irwin en su artículo, “quizá demasiadas empresas recompensan las cosas equivocadas, favoreciendo la ilusión de un esfuerzo extraordinario sobre la productividad real”.

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